El Alto Altái se encuentra en la parte asiática de Rusia y es una tierra austere y bonita a la vez. Cuan una perla brilla entre las peñas, cubiertas de cedros, el lago Telétskoe, que la gente de estos lugares llama lago Dorado. Pero, desde la altura parece un vidrio negro y liso.
En 1981 Guenadi Kopitov hizo una escapada al dicho lugar y la sombra del helicóptero que le acompañaba en los montes y valles, en el lago se desapareció como si la hubiera tragado su oscura profundidad. Aterrizaron suavemente sobre un verde prado.
Robinson apareció subitamente de la sombra de frondosos árboles. Fue un hombre alto y canoso, vestido de ropa de dril. Al ver al piloto, le sonrió afectuoso, tendiéndole ambas manos, grandes y tostadas por el sol.
El piloto Kopitov aun en 1981 hacía más de diez años que volaba en el Altái y, quizás, nadie mejor que él conocía los secretos y caprichos de estos montes. Tuvo un sinnumero de amigos. ¡Cuántas veces brindó su ayuda a criadores de ganado, guardabosques, alpinistas!
En invierno del 1926 en la época de fuertes heladas, llegó a este lago un muchacho ruso. Se apartaba de la gente, era callado y reservado. Se llamaba Nikolái Smirnov. Poco tiempo después, por el hielo que cubría el lago, se fue hacía su parte Sur, donde el agua no se hilaba y donde se desataban las tormentas. Sólo en primavera, un anciano altaico descubrió una choza junto al lago. Se asombró del acierto con que había elegido el lugar: una pequeña lengua de tierra boscosa y protegida de los vientos por altas montañas. La naturaleza creyó allí su propio microclima.
Pronto Smirnov empezó a visitar a los altaicos, se pasaba largos ratos hablando con los ancianos, fue calando en los secretos de la caza y las sutilezas de la vida en la taigá. Un año después se casó con una muchacha del lugar. Construyó una casa, consiguió un fusil y un perro.
Nació su primogenito. Nikolái trabajaba de sol a sol: trituraba piedras, hizo una terraza en la pendiente del monte. Traía la tierra en lancha desde la otra orilla del lago.
-En 1936-contó Nikolái Smirnov-, inmediatamente después de las nevadas empezó a hacer calor. El río no sólo se llevó al lago la huerta y la terraza, sino también la casa. Tuve que comenzar todo de nuevo, trabajé hasta por las noches.
Caminaban Nikolái y el reportero por la terraza inferior, la más larga. Hicieron hilera los frondosos manzanos de frutos jugosos.
Estas manzanas tuvieron mucho más microelementos que las otras. ¿Por qué? Yo mismo no lo sé. ¿Habría sido, porque los había cultivado con paciencia durante treinta y cinco años?-se sonrió Smirnov.
En su antecedente laboral había una sola línea: en 1936 inició a trabajar como observador meteorológico de la sección siberiana. En los años de la Segunda Guerra Mundial, Smirnov siguió en su puesto, proporcionando de la información meteorológica que necesitaba la aviación. A menudo, con huracanes y fuertes nevadas se iba a decenas de kilómetros, a otro lado de las montañas para facilitar a tiempo los datos captados por los aparatos.
He aquí la entrevista con Nikolái Smirnov que tuvo lugar en 1981:
-¿No le fue difícil permanecer en el mismo sitio más de cincuenta años y, además, lejos de la gente? ¿Quizá la broma de Robinsón tenga algo de verdad?
-Tuve algo de Robinsón en el año 1926-se sonría el anfitrión-. Ahora bien-cruzó una mirada con su mujer-, ¿qué clase de Robinsón soy si mi esposa y yo tuvimos diecisiete hijos? Ahora quedan doce, más treinta y seis nietos y una biznieta. Los hijos se dispersaron por el país: trabajan de agricultures, maestros de escuela, capitanes de barco, ingenieros médicos.
-Recibo muchas cartas que me envian geólogos, horticultores, escritores. Vienen también a verme. Estuvo aquí un reportero gráfico de la revista norteamericana “National Geographic Magazine”. Recibo con regularidad periódicos centrales y locales, también libros sobre horticultura y agricultura.
-A estos lugares vine no por ser un romántico-continua hablando pausadamente Nikolái-. Todo fue de lo más sencillo. Estaba enfermo, mi sistema nervioso se encontraba totalmente destrozado. Un médico me aconsejó que fuera a curarme con la naturaleza y el trabajo.
-Tuvo razón. La naturaleza no sólo me ayudó a recobrar la salud, sino que señaló mi lugar en la vida. Me ocupo de cuidar y multiplicar esta maravilla que nos rodea. En Siberia, en el Altái, he cultivado sabrosos manzanas, tomates y pepinos. Muchos horticultores utilizan especie que yo había creado. Por tanto, mi vida no fue inútil.
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