El poeta Shaméi Toktobái-Uulu, quien en 1981 acabó de celebrar sus cien años de edad, nativo de Kirguizia, una de las republicas de la URSS, declaró: “Las posibilidades humanas no tienen límites. A mi juicio, los cien años sólo constituyen una edad de madurez”. Mucho había logrado ver en su siglo de vida. A los tres años había quedado huérfano y a los doce había trabajado como criado de un mola. Por supuesto, que eso de ir a la escuela, ni por asomos. Sólo aprendió a leer... a los 34 años.
Cuando en Kirguizia triunfó el Poder Soviético, Shaméi tenía 37 años. Fue el primer maestro en su aldea y posteriormente, el presidente del primer koljós (cooperativa agrícola).
Los primeros versos los escribió cuando tenía 60 años. Lo hizo para sí, sin prestar mucha atención a su nueva afición.
Diecisiete años después, siendo ya un venerable anciano de blancos cabellos, llegó por primera vez a Moscú con sus paisanos. Al retornar a la aldea, compuso versos. Llenó varias libretas escolares.
Alguno de sus paisanos mostró los versos en la Unión de Escritores de la república. A los 78 años de edad, Shaméi Toktobái-Uulu fue admitido como miembro de dicha Unión. Por eso nada tuvo de extraño que sus versos y retratos se publicaban en toda la prensa de Kirguizia.
Desde aquel entonces la poesía era su vida, sus alas. En 1981 ya hacía más de veinte años que el decano Shaméi escribía poesía. Publicó ocho complicaciones de poemas y canciones, reunió y escribió más de doscientas leyendas y cuentos populares, multitud de refranes y proverbios.
A su edad seguía siendo una persona enérgica. Siega, montaba a caballo y como antes vivía ávido de conocimientos.
Fue exigente con su propia creación literaria y consideraba que no prohibió nada que no fuera común y corriente. No le agradó recitar sus versos, afirmó que no los recordaba aunque sabía de memoria muchos poemas populares.