Los años 80 del siglo pasado miles de personas llegaban todos los años a la ciudad subártica de Norilsk porque trabajar allí significaba gozar de prestigio, ganar bien y tener perspectivas para hacer carrera. Pero, muchos se marchaban sin haber podido acostumbrarse a los fríos que llegaban a 40 grados centígrados bajo cero, a los vientos huracanados, a los cambios drásticos de presión atmosférica y a las tormentas electromagnéticas.